
Cuando comenzó con el primer lienzo en blanco, no sabía qué iba a pintar; simplemente dejó que sus pinceles se deslizaran y estos siguieron fielmente la trayectoria de su angustia. La elección de colores y las pinceladas eran un reflejo de lo que pasaba por su mente. Los rojos eran las brasas que ardían en su interior y se negaban a extinguirse. Los azules, los raros momentos en que su dolor la consumía. Los negros, sus instantes de absoluta debilidad, el color del abismo sin fondo en el que se había hundido, cayendo una y otra vez. Las pinceladas se movían sobre los lienzos en blanco como serpientes con colmillos de elixir que llenaban sus cicatrices con un diluvio de esperanza y una ráfaga de fe en sí misma. Los colores le hablaban en susurros, narrando su propia historia mientras ella les contaba la suya. Le permitieron canalizar su vida a través de ellos. La escuchaban. Se preocupaban. Reían. Lloraban. Le aseguraban que había vida esperándola, mirando su pasado, impulsándola hacia adelante con brazos ansiosos. Y Preeti se abalanzó sobre ellos con su pincel en mano, que subía y bajaba con ella.
Más que simples amigos

Faraaz Kazi
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