
¿Le daremos la espalda a la ciencia porque la percibimos como una amenaza para Dios, abandonando toda la promesa de avanzar en nuestra comprensión de la naturaleza y aplicarla al alivio del sufrimiento y al mejoramiento de la humanidad? O, por el contrario, ¿le daremos la espalda a la fe, concluyendo que la ciencia ha vuelto innecesaria la vida espiritual y que los símbolos religiosos tradicionales pueden ser reemplazados por grabados de la doble hélice en nuestros altares? Ambas opciones son profundamente peligrosas. Ambas niegan la verdad. Ambas menoscabarán la nobleza de la humanidad. Ambas serán devastadoras para nuestro futuro. Y ambas son innecesarias. El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la catedral o en el laboratorio. Su creación es majestuosa, imponente, compleja y hermosa, y no puede estar en guerra consigo misma. Solo nosotros, los humanos imperfectos, podemos iniciar tales batallas. Y solo nosotros podemos terminarlas.
El lenguaje de Dios: Un científico presenta pruebas de la creencia

Francis S. Collins
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