
Las numerosas historias y recuerdos de Pablo sobre Olga, Marie-Thérese y Dora Maar, así como su constante presencia, aunque discreta, en nuestra vida en común, me hicieron comprender gradualmente que tenía una especie de complejo de Barba Azul que le hacía querer decapitar a todas las mujeres que había reunido en su museo privado. Pero no las decapitó del todo. Prefería que la vida continuara y que todas esas mujeres que habían compartido su vida en algún momento siguieran emitiendo pequeños susurros y gritos de alegría o dolor, y haciendo algunos gestos como muñecas desarticuladas, solo para demostrar que aún les quedaba algo de vida, que pendía de un hilo, y que él sostenía el otro extremo de ese hilo. De vez en cuando, aportaban un toque humorístico, dramático o a veces trágico a las cosas, y todo eso le servía de inspiración.
La vida con Picasso

Françoise Gilot
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