Friedrich Nietzsche

La fe siempre es más anhelada y más necesaria donde falta la voluntad; pues la voluntad, como efecto de mando, es el signo decisivo de soberanía y fuerza. En otras palabras, cuanto menos se sabe mandar, más se anhela a alguien que mande, que mande con severidad: un dios, un príncipe, una clase social, un médico, un padre confesor, un dogma o la conciencia de un partido. De esto podría deducirse que las dos religiones mundiales, el budismo y el cristianismo, debieron su origen y, sobre todo, su repentina expansión a un tremendo colapso y enfermedad de la voluntad. Y eso fue precisamente lo que ocurrió: ambas religiones se encontraron con una situación en la que la voluntad se había debilitado, dando lugar a una demanda desesperada de un «deberás». Ambas religiones enseñaron el fanatismo en épocas en las que la voluntad se había agotado, y así ofrecieron a innumerables personas cierto apoyo, una nueva posibilidad de querer, cierto placer en querer. Porque el fanatismo es la única «fuerza de la voluntad» que incluso los débiles e inseguros pueden alcanzar, siendo una especie de hipnotismo de todo el sistema de los sentidos y el intelecto para beneficio de una nutrición excesiva (hipertrofia) de un único punto de vista y sentimiento que de ahí en adelante se vuelve dominante, lo que el cristiano llama su fe. Una vez que un ser humano alcanza la convicción fundamental de que debe ser mandado, se convierte en «un creyente». Por el contrario, se podría concebir tal placer y poder de autodeterminación, tal libertad de la voluntad [Esta concepción de «libertad de la voluntad» (alias, autonomía) no implica ninguna creencia en lo que Nietzsche llamó «la superstición del libre albedrío» en la sección 345 (alias, la exención de las acciones humanas de un determinismo universal).] que el espíritu se despojaría de toda fe y todo deseo de certeza, estando acostumbrado a mantenerse en cuerdas y posibilidades insustanciales y a bailar incluso cerca de abismos. Un espíritu así sería el espíritu libre por excelencia.
– Friedrich Nietzsche –


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La fe siempre es más anhelada y más necesaria donde falta la voluntad; pues la voluntad, como efecto de mando, es el signo decisivo de soberanía y fuerza. En otras palabras, cuanto menos se sabe mandar, más se anhela a alguien que mande, que mande con severidad: un dios, un príncipe, una clase social, un médico, un padre confesor, un dogma o la conciencia de un partido. De esto podría deducirse que las dos religiones mundiales, el budismo y el cristianismo, debieron su origen y, sobre todo, su repentina expansión a un tremendo colapso y enfermedad de la voluntad. Y eso fue precisamente lo que ocurrió: ambas religiones se encontraron con una situación en la que la voluntad se había debilitado, dando lugar a una demanda desesperada de un «deberás». Ambas religiones enseñaron el fanatismo en épocas en las que la voluntad se había agotado, y así ofrecieron a innumerables personas cierto apoyo, una nueva posibilidad de querer, cierto placer en querer. Porque el fanatismo es la única «fuerza de la voluntad» que incluso los débiles e inseguros pueden alcanzar, siendo una especie de hipnotismo de todo el sistema de los sentidos y el intelecto para beneficio de una nutrición excesiva (hipertrofia) de un único punto de vista y sentimiento que de ahí en adelante se vuelve dominante, lo que el cristiano llama su fe. Una vez que un ser humano alcanza la convicción fundamental de que debe ser mandado, se convierte en «un creyente». Por el contrario, se podría concebir tal placer y poder de autodeterminación, tal libertad de la voluntad [Esta concepción de «libertad de la voluntad» (alias, autonomía) no implica ninguna creencia en lo que Nietzsche llamó «la superstición del libre albedrío» en la sección 345 (alias, la exención de las acciones humanas de un determinismo universal).] que el espíritu se despojaría de toda fe y todo deseo de certeza, estando acostumbrado a mantenerse en cuerdas y posibilidades insustanciales y a bailar incluso cerca de abismos. Un espíritu así sería el espíritu libre por excelencia.

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Friedrich Nietzsche


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