
El Dr. Urbino atrapó al loro por el cuello con un suspiro triunfal: ça y est. Pero lo soltó inmediatamente porque la escalera se resbaló de sus pies y por un instante quedó suspendido en el aire y entonces se dio cuenta de que había muerto sin Comunión, sin tiempo para arrepentirse de nada ni para decir adiós a nadie, a las cuatro y siete minutos del Domingo de Pentecostés. Fermina Daza estaba en la cocina probando la sopa para la cena cuando oyó el grito horrorizado de Digna Pardo y los gritos de los sirvientes y luego de todo el vecindario. Dejó caer la cuchara de degustación y trató de correr a pesar del peso invencible de su edad, gritando como una loca sin saber aún lo que había sucedido bajo las hojas de mango, y su corazón dio un vuelco en sus costillas cuando vio a su hombre tendido de espaldas en el lodo, muerto a esta vida pero aún resistiendo el golpe final de la muerte por un último minuto para que ella tuviera tiempo de ir a él. La reconoció a pesar del alboroto, entre lágrimas de un dolor irrepetible por morir sin ella, y la buscó por última vez con ojos más luminosos, más afligidos, más agradecidos de que ella los hubiera visto alguna vez en el medio siglo de una vida compartida, y logró decirle con su último aliento: «Solo Dios sabe cuánto te amé».
El amor en los tiempos del cólera

Gabriel García Márquez
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