
Lo que comprendió, y con el tiempo se hizo más evidente, fue que el culto al dinero se había elevado a la categoría de religión. Quizás sea la única religión real, la única que se siente, que nos queda. El dinero es lo que Dios solía ser. El bien y el mal ya no tienen sentido, salvo el fracaso y el éxito. De ahí la frase profundamente significativa: «hacer el bien». El decálogo se ha reducido a dos mandamientos. Uno para los empleadores —los elegidos, el sacerdocio del dinero, por así decirlo—: «Harás dinero»; el otro para los empleados —los esclavos y subordinados—: «No perderás tu trabajo». Fue por esta época cuando se topó con Los filántropos de los pantalones remendados y leyó sobre el carpintero hambriento que empeña todo menos se aferra a su aspidistra. La aspidistra se convirtió en una especie de símbolo para Gordon a partir de entonces. ¡La aspidistra, la flor de Inglaterra! Debería estar en nuestro escudo de armas en lugar del león y el unicornio. No habrá revolución en Inglaterra mientras haya aspidistras en las ventanas.
¡Que la Aspidistra siga volando!

George Orwell
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