
Pensó con una especie de asombro en la inutilidad biológica del dolor y el miedo, en la traición del cuerpo humano que siempre se congela en la inercia justo en el momento en que se necesita un esfuerzo especial. Podría haber silenciado a la chica morena si hubiera actuado con la suficiente rapidez; pero precisamente por la extrema gravedad del peligro había perdido la capacidad de actuar. Comprendió que en momentos de crisis uno nunca lucha contra un enemigo externo, sino siempre contra su propio cuerpo. Incluso ahora, a pesar de la ginebra, el sordo dolor en el estómago le impedía pensar con claridad. Y es lo mismo, comprendió, en todas las situaciones aparentemente heroicas o trágicas. En el campo de batalla, en la cámara de torturas, en un barco que se hunde, las causas por las que se lucha siempre se olvidan, porque el cuerpo se hincha hasta llenar el universo, e incluso cuando uno no está paralizado por el miedo o gritando de dolor, la vida es una lucha constante contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un malestar estomacal o un dolor de muelas.
1984

George Orwell
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