
En aquellos días, se había imaginado capaz de realizar hazañas heroicas y de una resistencia extraordinaria que harían olvidar a la chica que amaba sus torpes manos y su barbilla llena de granos propia de la adolescencia. Todo parecía posible. Uno podía reírse de las fantasías, pero mientras tuviera la capacidad de soñar despierto, existía la posibilidad de desarrollar algunas de las cualidades con las que soñaba. Era como la disciplina religiosa: las palabras, por muy vacías que sean, pueden con el tiempo convertirse en un hábito, una especie de sedimento imperceptible en el fondo de la mente, hasta que un día, para su propia sorpresa, se encuentra actuando conforme a la creencia en la que pensaba que no creía.
El Ministerio del Miedo

Graham Greene
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