
Lo primero que noté aquel primer día en Bombay fue el olor desconocido. Lo olí mientras caminaba del avión a la terminal, antes incluso de oír o ver nada de la India. Fue agradable y emocionante, en aquel primer instante en Bombay, cuando, tras liberarme, volví a entrar en el gran mundo, pero me resultaba completamente ajeno. Ahora sé que es el dulce e inquietante aroma de la esperanza el que destruye el odio, y al mismo tiempo el olor agrio y rancio de la codicia el que destruye el amor. Es el olor de dioses y demonios, de imperios y civilizaciones que se derrumban y se alzan. Es el aroma azul del cuero marino, perceptible en toda la ciudad de las siete islas, y el olor sangriento y metálico de la maquinaria. Es el olor del bullicio y la paz, de toda la actividad vital de sesenta millones de animales, más de la mitad de los cuales son humanos y ratas. Es el aroma del amor y los corazones rotos, de la lucha por la supervivencia y las brutales derrotas que forjan nuestro coraje. Es el aroma de diez mil restaurantes, cinco mil templos, santuarios, iglesias y mezquitas, y cientos de bazares que venden solo perfumes, especias, incienso y flores frescas. Carla una vez lo llamó el peor de los aromas más hermosos, y sin duda tenía razón, como siempre la tiene a su manera en sus valoraciones. Y ahora, cada vez que vengo a Bombay, lo primero que huelo es este aroma: me da la bienvenida y me dice que he vuelto a casa.
Shantaram

Gregory David Roberts
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