
Intuí que si alguna vez me encontrara cara a cara con el senador Orrin Hatch, encontraríamos pocos puntos en común. Observar a Hatch me recordaba a las desagradables e inútiles discusiones políticas que había tenido a lo largo de mi vida. Me preguntaba si tales desacuerdos políticos no provendrían de características subyacentes, quizás incluso innatas. Ciertamente, la experiencia nos enseña que cuando nos topamos con alguien que nos desagrada instintivamente, es poco probable que se produzca un diálogo político constructivo. Los seres humanos podemos percibir intuitivamente, a través de diversas señales sutiles (como la vestimenta, el acento o los gestos), cuando otra persona posee una combinación de características culturales y psicológicas tan diferentes a las nuestras que la discordia política también es probable. Dicho de otro modo, un liberal suele percibir a un conservador, y viceversa. Además, ese olor no es agradable. — Genes rojos, genes azules: Exponiendo la irracionalidad política

Guillermo Jiménez
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