
Aunque el rostro que tenía ante mí era el de una joven de no más de treinta años, con perfecta salud y en el primer atisbo de una belleza madura, llevaba impreso el sello de una experiencia inefable y de un profundo conocimiento del dolor y la pasión. Ni siquiera la lenta sonrisa que asomaba en los hoyuelos de su boca podía ocultar la sombra del pecado y la tristeza. Brillaba incluso a la luz de esos ojos gloriosos, estaba presente en el aire de majestad, y parecía decir: «Contempladme, hermosa como ninguna mujer fue ni es, inmortal y casi divina; la memoria me persigue de generación en generación, y la pasión me guía de la mano; el mal he obrado, y con el dolor me he familiarizado de generación en generación, y de generación en generación haré el mal, y conoceré el dolor hasta que llegue mi redención».
Ella

H. Rider Haggard
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