
Últimamente, se había preguntado si la codependencia era algo tan malo. Disfrutaba de sus amistades y no hacía daño a nadie, así que ¿a quién le importaba si era codependiente o no? Además, ¿en qué se diferenciaba una amistad de una relación de pareja? ¿Por qué era admirable a los veintisiete años pero inquietante a los treinta y siete? ¿Por qué la amistad no era tan buena como una relación? ¿Por qué no era incluso mejor? Eran dos personas que permanecían juntas, día tras día, unidas no por el sexo, la atracción física, el dinero, los hijos o las propiedades, sino solo por el acuerdo compartido de seguir adelante, la dedicación mutua a una unión que jamás podría ser codificada. La amistad era presenciar el goteo lento de las desgracias del otro, sus largos periodos de aburrimiento y sus triunfos ocasionales. Era sentirse honrado por el privilegio de estar presente en los momentos más sombríos de otra persona y saber que uno también podía sentirse sombrío a su alrededor.
Una pequeña vida

Hanya Yanagihara
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