
Lo que más he sentido, y aún siento, es la falta de tiempo. Antes tenía tiempo para pensar, para reflexionar, para mí y para mi mente. Nos sentábamos juntos por las tardes y escuchábamos las melodías internas del espíritu, esas que uno solo oye en momentos de ocio, cuando las palabras de algún poeta querido tocan una fibra sensible en el alma que hasta entonces había permanecido en silencio. Pero en la universidad no hay tiempo para conectar con los propios pensamientos. Uno va a la universidad para aprender, al parecer, no para pensar. Al cruzar las puertas del saber, uno deja los placeres más preciados —la soledad, los libros y la imaginación— fuera, junto con los pinos susurrantes. Supongo que debería consolarme pensando que estoy acumulando tesoros para disfrutarlos en el futuro, pero soy lo suficientemente imprudente como para preferir la alegría presente a guardar riquezas para tiempos difíciles.
La historia de mi vida

Helen Keller
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