
Pensaba en el suicidio todo el tiempo, pero me parecía demasiado esfuerzo, tragarme todas esas pastillas o saltar desde cualquier sitio. Si hubiera vivido en el campo, habría encontrado un tramo tranquilo de vía férrea, me habría tumbado allí y me habría quedado dormido, para no saber jamás cuándo llegaría mi último momento. En Londres, el precio mínimo del metro había subido tanto que incluso acercarse a la vía costaba una fortuna. El suicidio me parecía un lujo que no podía permitirme. Además, la gente nunca te deja en paz; sabía que si hubiera intentado tumbarme en la vía, cualquier viajero me habría apartado para no retrasar su tren. Seguro que había asesinos por ahí que querían matar, sin forma de encontrar a quienes querían morir. Si hubiera habido alguna manera de contactar con ellos, una línea telefónica para concertar una cita, los habría llamado. Las formas actuales de morir me parecían demasiado arbitrarias; todo dependía del azar. Si Chance se me hubiera acercado, me hubiera dado una palmada en el hombro y me hubiera dicho: «Oye, tú, largo túnel negro, luz blanca, vete», no me habría quejado. Era como tener congelación por todo el cuerpo: sentir entumecimiento y dolor al mismo tiempo.
El Conde

Helena Dela
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