
Un día, al salir a mi leñera, o mejor dicho, a mi montón de tocones, observé dos hormigas grandes, una roja y la otra mucho más grande, de casi un centímetro y medio de largo y negra, que se peleaban ferozmente. Una vez que se agarraban, no se soltaban, sino que luchaban, forcejeaban y rodaban sobre las astillas sin cesar. Al mirar más allá, me sorprendió descubrir que las astillas estaban cubiertas de tales combatientes; no se trataba de un duelo, sino de una guerra, una contienda entre dos razas de hormigas, las rojas siempre enfrentadas a las negras, y frecuentemente dos rojas contra una negra. Las legiones de estos mirmidones cubrían todas las colinas y valles de mi leñera, y el suelo ya estaba sembrado de muertos y moribundos, tanto rojos como negros. Fue la única batalla que jamás presencié, el único campo de batalla que pisé mientras la batalla se libraba; una guerra fratricida; los republicanos rojos por un lado, y los imperialistas negros por el otro. Por todos lados se libraba una batalla a muerte, pero sin que yo pudiera oír ningún ruido, y jamás había visto a soldados humanos luchar con tanta determinación.
Walden

Henry David Thoreau
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