
Parecía que de cada lágrima de un mártir nacían nuevos confesores, y que cada gemido en la arena encontraba eco en miles de corazones. César nadaba en sangre, Roma y todo el mundo pagano estaban enloquecidos. Pero aquellos que estaban hartos de la transgresión y la locura, aquellos que eran pisoteados, aquellos cuyas vidas eran miseria y opresión, todos los agobiados, todos los tristes, todos los desafortunados, vinieron a escuchar las maravillosas nuevas de Dios, quien por amor a los hombres se había entregado para ser crucificado y redimir sus pecados. Cuando encontraron un Dios al que podían amar, encontraron aquello que la sociedad de la época no podía dar a nadie: felicidad y amor.
Quo Vadis

Henryk Sienkiewicz
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