
Fue su primer encuentro directo con los líderes laboristas, cautelosos, llenos de tópicos y evasivos, y comprendió de inmediato la formidable barrera de liderazgo inerte que representaban entre las masas descontentas y el cambio constructivo. Parecían estar casi completamente absortos en intrigas internas y en la «disciplina del Partido». Estaban imbuidos del profesionalismo partidista. No eran en absoluto traidores a su causa ni reaccionarios por voluntad propia, pero no tenían ninguna visión de un mundo renaciente. No significaban nada, pero ni siquiera ellos mismos lo sabían. Consideraban a Rud del mismo modo que en su época habían considerado al liberalismo, al fabianismo, al comunismo y a la ciencia: con recelo, sin aprender nada de ellos y con una resistencia ciega. No querían ideas en la política. Solo querían ser los representantes oficiales del movimiento obrero organizado y sacar provecho de ello. Su actitud delataba su invencible resolución, tan fuerte como un instinto animal, de jugar a la política según las reglas, de maniobrar para conseguir posiciones, de afianzarse en ellas y mantenerse firmes…
El Santo Terror

HG Wells
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