
El valor que el mundo otorga a las motivaciones suele ser profundamente injusto e inexacto. Consideremos, por ejemplo, dos de ellas: la mera curiosidad insaciable y el deseo de hacer el bien. Este último se valora mucho más que el primero, y sin embargo, es el primero el que impulsa a uno de los hombres más útiles que la humanidad ha producido: el investigador científico. Lo que realmente lo impulsa no es una idea simplista de servicio, sino una sed insaciable, casi patológica, de penetrar en lo desconocido, de descubrir el secreto, de averiguar lo que aún no se ha descubierto. Su prototipo no es el libertador que libera a los esclavos, ni el buen samaritano que levanta al caído, sino un perro que olfatea con ahínco una serie infinita de madrigueras de ratas.
Una crestomatía de Mencken

HL Mencken
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