
La gente suele repetir el viejo cliché de que Van Gogh nunca vendió un cuadro en vida. De alguna manera, su ejemplo nos sirve para justificar, décadas después, que hay mérito en el fracaso absoluto. Quizás, pero el hombre se suicidó. El mercado de su obra despegó con fuerza poco después de su muerte. Si hubiera decidido vivir unas décadas más, probablemente habría llegado a la vejez con una buena posición económica. Y, lamentablemente para los fracasados de todo el mundo, el cliché habría perdido gran parte de su fuerza. Lo cierto es que los viejos clichés funcionan para nosotros en abstracto, pero nunca funcionan igual en la vida real. La vida es caótica; los clichés son limpios y ordenados.
Ignora a todo el mundo: y otras 39 claves para la creatividad

Hugh MacLeod
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