
Nadie los vio bajar del tren, nadie los vio llegar a Desolation Road… Entonces, algo parecido a una explosión de luz sostenida llenó el hotel y allí, en el epicentro del resplandor, estaba la mujer más hermosa que jamás se había visto. Todos los hombres de la habitación tuvieron que tragar saliva con dificultad. Todas las mujeres lucharon contra una necesidad indescriptible de suspirar. Una docena de corazones se partieron por la mitad y todo el amor salió volando como alondras y rodeó a aquel ser increíble. Era como si Dios mismo hubiera entrado en la habitación. Entonces la luz divina se apagó y hubo una oscuridad parpadeante que hizo que uno se frotara los ojos. Cuando se restableció la visión, todos vieron ante ellos a un hombre pequeño y muy común y a una niña de unos ocho años que era la criatura más simple y anodina que jamás se había visto. Porque era la naturaleza de Ruthie Blue Mountain, una niña de asombrosa sencillez, absorber como la luz del sol la belleza de todo lo que la rodeaba y almacenarla hasta que decidía liberarla, de golpe, como un destello de intensa belleza. Luego, volvía a un anonimato desaliñado, dejando tras de sí una imagen residual en el corazón de una pérdida inefable.
Camino de la Desolación

Ian McDonald
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