
Lo mejor de ese museo era que todo permanecía siempre en el mismo sitio. Nadie se movía. Podías ir cien mil veces y aquel esquimal seguiría pescando esos dos peces, los pájaros seguirían migrando hacia el sur, los ciervos seguirían bebiendo de aquel abrevadero, con sus bonitas astas y sus bonitas y delgadas patas, y aquella india con el pecho desnudo seguiría tejiendo la misma manta. Nadie sería diferente. Lo único que sería diferente serías tú. No es que fueras mucho mayor ni nada por el estilo. No sería eso, exactamente. Simplemente serías diferente, eso es todo. Esta vez llevarías un abrigo. O el niño que fue tu compañero en la fila la última vez habría contraído escarlatina y tendrías un nuevo compañero. O tendrías un profesor sustituto en la clase, en lugar de la señorita Aigletinger. O habrías oído a tus padres tener una pelea tremenda en el baño. O simplemente pasarías junto a uno de esos charcos en la calle con arcoíris de gasolina. Quiero decir, serías diferente de alguna manera; no puedo explicar lo que quiero decir. E incluso si pudiera, no estoy seguro de que me apeteciera.
El guardián entre el centeno

J.D. Salinger
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