
Pero la amiga de Hannah no comprendía el delicado equilibrio entre el arte y la cordura, que el acto de crear era como caminar sobre la cuerda floja durante un terremoto. No comprendía la estúpida necesidad de validación de Hannah, ni que el tamaño del público aumentaba la tensión y multiplicaba el miedo. No comprendía que la creatividad era peligrosa, que, sí, había personas que podían plantarse frente a un lienzo, pintar una puesta de sol capaz de conmover al mundo y regresar con sus seres queridos como personas íntegras, sin dolor, sin lágrimas, sin derramar sangre para complacer a la multitud de musas caprichosas. Pero Hannah sí. Las mejores ideas de Hannah —a veces sus únicas ideas— estaban enterradas bajo la piel.
El día que vestí de morado

Jake Vander-Ark
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