
Los conozco a ambos de toda la vida, he llevado a su papá en mis brazos y sobre mis hombros, lo he besado y castigado, y lo he visto aprender a caminar. No sé si ustedes han conocido a alguien desde hace tanto tiempo; si han amado a alguien durante tanto tiempo, primero de bebés, luego de niños, luego de adultos, se adquiere una perspectiva singular sobre el tiempo, el dolor y el esfuerzo humanos. Los demás no pueden ver lo que yo veo cada vez que miro el rostro de su padre, pues detrás de su rostro actual están todos esos otros rostros que fueron suyos. Que ría y veo un sótano que su padre no recuerda y una casa que no recuerda, y oigo en su risa actual su risa de niño. Que maldiga y lo recuerdo cayendo por las escaleras del sótano, aullando, y recuerdo, con dolor, sus lágrimas, que mi mano o la de su abuela secaban con tanta facilidad. Pero ninguna mano puede secar esas lágrimas que derrama invisiblemente hoy, que se oyen en su risa, en su habla y en sus canciones.
El fuego la próxima vez

James Baldwin
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