
Al año siguiente, la casa fue remodelada sustancialmente y se eliminó el invernadero. Mientras derribaban los muros, ahora en ruinas, uno de los obreros encontró por casualidad un pequeño libro encuadernado en cuero que, al parecer, había estado oculto tras un ladrillo suelto o en una grieta de la pared. Por aquel entonces, Emily Dickinson era un nombre muy conocido en Amherst. Dio la casualidad de que este carpintero era un amante de la poesía —y de la suya en particular— y cuando abrió el librito y se dio cuenta de que había encontrado su diario, sintió un escalofrío violento, como le contó más tarde a su nieto. Emocionado y aterrorizado por el descubrimiento, escondió el libro en su fiambrera hasta que terminó la jornada laboral y luego se lo llevó a casa. Se dijo a sí mismo que, después de leer y saborear cada página, entregaría el diario a alguien que supiera cómo compartirlo mejor con el público. Pero a medida que leía, se sentía cada vez más cautivado por la poeta y empezó a imaginar que era su confidente. Se convenció de que, en su nuevo papel, ya no estaba obligado a entregar el diario. Finalmente, acallando los leves remordimientos de conciencia, escondió el libro en el fondo de un baúl de roble en su habitación, del que lo sacaría periódicamente durante los siguientes sesenta y cuatro años hasta memorizar prácticamente su contenido. Ni siquiera su familia supo de su existencia. Poco antes de su muerte en 1980, a los ochenta y nueve años, el anciano le mostró por fin su posesión más preciada a su nieto (su único hijo había fallecido antes que él), confesándole que su deleite por él siempre había estado empañado por una persistente culpa y pidiéndole al joven que intentara expiar el pecado de su abuelo. Sin embargo, el nieto, habiendo heredado tanto la pasión del anciano por la poesía como su tendencia a la parálisis de conciencia, sucumbió fácilmente a la tentación de conservar el diario indefinidamente mientras decidía qué hacer con él.
El diario de Emily Dickinson

Jamie Fuller
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