Jane Austen

Desde luego, no lo odiaba. No; el odio había desaparecido hacía mucho tiempo, y hacía casi el mismo tiempo que se avergonzaba de haber sentido alguna vez aversión hacia él, si es que se le podía llamar así. El respeto que le inspiraba la convicción de sus valiosas cualidades, aunque al principio lo admitía a regañadientes, hacía tiempo que había dejado de serle repulsivo; y ahora se había intensificado, adquiriendo un carácter más amistoso, gracias al testimonio tan favorable que el día anterior había presentado, revelando su carácter de una manera tan amable. Pero, sobre todo, por encima del respeto y la estima, había en ella un motivo de buena voluntad que no podía pasarse por alto: la gratitud. Gratitud no solo por haberla amado una vez, sino por amarla aún lo suficiente como para perdonar toda la petulancia y la acritud de su actitud al rechazarlo, y todas las acusaciones injustas que acompañaron su rechazo. Aquel que, según ella, la evitaría como a su mayor enemiga, parecía, en este encuentro fortuito, sumamente deseoso de conservar la amistad, y sin ninguna muestra de afecto descortés ni peculiaridad alguna en sus modales, cuando se trataba solo de ellos dos, buscaba la buena opinión de sus amigos y se empeñaba en presentársela a su hermana. Tal cambio en un hombre tan orgulloso no solo despertó asombro, sino también gratitud, pues debía atribuirse a un amor, un amor ardiente; y como tal, la impresión que causó en ella era digna de elogio, pues no resultaba en absoluto desagradable, aunque no pudiera definirse con exactitud.
– Jane Austen –


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Desde luego, no lo odiaba. No; el odio había desaparecido hacía mucho tiempo, y hacía casi el mismo tiempo que se avergonzaba de haber sentido alguna vez aversión hacia él, si es que se le podía llamar así. El respeto que le inspiraba la convicción de sus valiosas cualidades, aunque al principio lo admitía a regañadientes, hacía tiempo que había dejado de serle repulsivo; y ahora se había intensificado, adquiriendo un carácter más amistoso, gracias al testimonio tan favorable que el día anterior había presentado, revelando su carácter de una manera tan amable. Pero, sobre todo, por encima del respeto y la estima, había en ella un motivo de buena voluntad que no podía pasarse por alto: la gratitud. Gratitud no solo por haberla amado una vez, sino por amarla aún lo suficiente como para perdonar toda la petulancia y la acritud de su actitud al rechazarlo, y todas las acusaciones injustas que acompañaron su rechazo. Aquel que, según ella, la evitaría como a su mayor enemiga, parecía, en este encuentro fortuito, sumamente deseoso de conservar la amistad, y sin ninguna muestra de afecto descortés ni peculiaridad alguna en sus modales, cuando se trataba solo de ellos dos, buscaba la buena opinión de sus amigos y se empeñaba en presentársela a su hermana. Tal cambio en un hombre tan orgulloso no solo despertó asombro, sino también gratitud, pues debía atribuirse a un amor, un amor ardiente; y como tal, la impresión que causó en ella era digna de elogio, pues no resultaba en absoluto desagradable, aunque no pudiera definirse con exactitud.

Orgullo y prejuicio


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Jane Austen


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