
No mantenían conversación, ni interacción alguna más allá de lo estrictamente necesario por cortesía. ¡Antes tanto el uno para el otro! ¡Ahora nada! Hubo un tiempo en que, de entre todos los numerosos invitados que ahora llenaban el salón de Uppercross, a ellos les habría resultado sumamente difícil dejar de hablarse. Con la excepción, quizás, del almirante y la señora Croft, que parecían particularmente unidos y felices (Anne no podía aceptar ninguna otra excepción, ni siquiera entre los matrimonios), no existían dos corazones tan abiertos, gustos tan similares, sentimientos tan sincronizados, rostros tan queridos. Ahora eran como extraños; es más, peor que extraños, pues jamás podrían llegar a conocerse. Era un distanciamiento perpetuo.
Persuasión

Jane Austen
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