
Las mujeres, por su parte, siempre se quejan de que las criamos solo para que sean vanidosas y coquetas, que las entretenemos con nimiedades para poder seguir siendo sus amos más fácilmente; nos culpan de los defectos que les atribuimos. ¡Qué estupidez! ¿Y desde cuándo son los hombres quienes se preocupan por la educación de las niñas? ¿Quién impide a las madres criarlas como les plazca? No hay escuelas para niñas, ¡qué tragedia! ¡Ojalá no las hubiera para niños! Serían criados de forma más sensata y directa. ¿Acaso alguien obliga a tus hijas a malgastar su tiempo en tonterías? ¿Se las obliga, contra su voluntad, a dedicar media vida a su apariencia, siguiendo tu ejemplo? ¿Te impiden instruirlas o hacer que las instruyan según tus deseos? ¿Es culpa nuestra que nos complazcan cuando son bellas, que sus aires y gracias nos seduzcan, que el arte que aprenden de ti nos atraiga y halague, que nos guste verlas bien vestidas, que les permitamos exhibir con libertad las armas con las que nos subyugan? Pues bien, decidan criarlas como a hombres; los hombres estarán encantados de aceptar; cuanto más quieran las mujeres parecerse a ellos, menos las mujeres las gobernarán, y entonces los hombres serán verdaderamente los amos.
Emilio o Sobre la educación

Jean-Jacques Rousseau
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