
Cuando uno sale de las garras de la depresión, siente un alivio increíble, pero no uno que se sienta con derecho a celebrar. En cambio, la sensación de victoria se reemplaza por la ansiedad de que vuelva a ocurrir, y por la vergüenza y la vulnerabilidad al ver cómo la enfermedad afectó a la familia, al trabajo, a todo lo que quedó intacto mientras se luchaba por sobrevivir. Volvemos a la vida más delgados, más pálidos, más débiles… pero como supervivientes. Supervivientes que no reciben palmaditas en la espalda de sus compañeros de trabajo que los felicitan por haberlo logrado. Supervivientes que se despiertan con más trabajo que antes porque sus amigos y familiares están agotados de ayudarlos a librar una batalla que tal vez ni siquiera comprenden. Espero ver algún día un mar de personas con cintas plateadas como señal de que comprenden la batalla secreta, y como celebración de las victorias que se logran cada día mientras, individualmente, nos levantamos de nuestras trincheras para ver sanar nuestras cicatrices y recordar cómo luce el sol.
Furiosamente feliz: Un libro divertido sobre cosas horribles

Jenny Lawson
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