
El miedo tiene muchos sabores y texturas. Hay un miedo agudo y plateado que recorre tus brazos y piernas como un rayo, impulsándote a la acción, al poder, al movimiento. Hay un miedo pesado y plomizo que llega en lingotes, acumulándose en tu estómago durante las horas vacías entre la medianoche y la mañana, cuando todo está oscuro, cada problema se agrava y cada herida y enfermedad empeora. Y hay un miedo cobrizo, tenso como las cuerdas de un violín, que tiembla en una sola nota que es imposible sostener ni un segundo más, pero que continúa y continúa, la tensión antes del choque de los platillos, el desafío estridente de las trompetas, el amenazante retumbar de los timbales. Ese es el tipo de miedo que sentí. Una tensión horrible y opresiva que dejó el sabor cobrizo de la sangre en mi lengua. Miedo a las criaturas en la oscuridad que me rodeaban, a mi propia debilidad, al poder robado que la Pesadilla me había arrebatado. Y miedo por los que me rodeaban, por la gente que no tenía el poder que yo tenía.
Grave peligro

Jim Butcher
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