
La primavera se convertía en verano; aún no llegaba el calor sofocante de julio y agosto, pero sí los días sudorosos que presagiaban la llegada del verano. Claro que ahora contábamos con las comodidades modernas, el aire acondicionado, para sobrellevarlo de una forma que Augustine Lamoureaux y sus chicas al borde del verano no tenían. Por mucho que las cosas hubieran cambiado —y vaya si habían cambiado—, seguía siendo amargo lo cerca que vivían tantas mujeres del abismo. Un novio celoso, caminar por la calle equivocada, decir algo inapropiado, no ser lo suficientemente «femenina», la mala suerte, sumado a unas cuantas malas decisiones —todas las tomamos— y, como Tiffany, caeríamos para siempre al vacío.
La chica al borde del verano

JM Redmann
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