
El hecho de que hayamos convertido a Howard Hughes en un héroe nos revela algo interesante sobre nosotros mismos, algo apenas recordado: que el verdadero sentido del dinero y el poder en Estados Unidos no reside ni en las cosas que el dinero puede comprar ni en el poder por el poder mismo (los estadounidenses se sienten incómodos con sus posesiones, culpables por el poder, algo difícil de comprender para los europeos, pues ellos mismos son profundamente materialistas y están muy familiarizados con su uso), sino en la libertad personal absoluta, la movilidad y la privacidad. Es el instinto que impulsó a Estados Unidos hacia el Pacífico durante todo el siglo XIX: el deseo de encontrar un restaurante abierto por si acaso se antojaba un sándwich, de ser un agente libre, de vivir según las propias reglas.
Caminando con paso lento hacia Belén

Joan Didion
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