
La mujer que se recupera de un abuso u otras situaciones estresantes de la vida puede sentir que no tiene ningún control sobre nada, y mucho menos sobre su propio mundo. Se enfrenta al caballo con temor. El caballo percibe el miedo y se pone tenso y preocupado. El instructor sabio empieza poco a poco. Le da a la mujer un cepillo suave y la envía a cuidar del caballo. Le señala que si se acerca demasiado al animal, estará fuera del alcance de una patada bien dirigida. Le advierte que esté atenta a las señales de miedo en ella misma y en el caballo. Le advierte que mantenga los pies alejados de debajo del casco del caballo. Se les permite a ambos retroceder, reagruparse e intentarlo de nuevo hasta que lleguen a un acuerdo sobre el espacio personal. La calma prevalece y, en cuestión de minutos, horas o sesiones, la interacción se convierte en amistad. Sucede casi siempre que a una mujer se le da suficiente tiempo y espacio para procesar la situación. Así, una mujer cuya vida diaria la abruma aprende a dar un paso atrás. ¿Es esta la solución a sus interminables problemas? Por supuesto que no. Lo simple no es simplista.
Caballos en el patio

Joanne M. Friedman
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