
Al mirar la fotografía del tatarabuelo Baldwin, pienso: ¡Por fin lo has conseguido! Te ha llevado cuatro generaciones, pero por fin lo has conseguido. Has logrado esa guerra contra la razón y los secularistas arrogantes que siempre quisiste. Incluso la has conseguido con el juicio de Scopes, que dicen que fue una de las muchas espinas que te pusieron en el camino hasta tu último aliento. Pues bien, regocíjate, viejo, porque tus tribus se han reunido en torno a la bola de pelo mágica más antigua de Estados Unidos, la ignorancia y la superstición: el fundamentalismo cristiano. Su número les ha permitido absorber tanto oxígeno de la atmósfera política que ahora se les reconoce como una fuerza dominante en la política. Episcopalianos, judíos, metodistas y católicos acomodados de los suburbios, todos se rascan la cabeza, sudan y maldicen a viva voz que esta manada de fanáticos de clase baja no puede representar a la corriente principal, no a la corriente principal de la que aprendieron en sus elegantes clases de sociología o de la que los comentaristas de los medios, que eran gente como ellos, les aseguraron tan cómodamente. Buenas noches, abuelo Baldwin. Brindaré por ti desde el infierno.
Caza de ciervos con Jesús: Crónicas de la guerra de clases en Estados Unidos

Joe Bageant
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