
Estoy convencido de que Dios es amor; este pensamiento tiene para mí una validez lírica prístina. Cuando está presente en mí, soy inefablemente feliz; cuando está ausente, lo anhelo con más intensidad que el amante a la amada; pero no tengo fe; me falta ese valor. El amor de Dios es para mí, tanto en sentido directo como inverso, inconmensurable con la totalidad de la realidad. No soy tan cobarde como para quejarme y lamentarme por ello, pero tampoco soy tan astuto como para negar que la fe es algo mucho más elevado. Puedo seguir viviendo a mi manera, soy feliz y estoy satisfecho, pero mi felicidad no es la de la fe y, comparada con ella, es ciertamente infeliz. No agobio a Dios con mis pequeñas preocupaciones, los detalles no me inquietan, solo contemplo mi amor y mantengo su llama virginal pura y clara; la fe está convencida de que Dios se preocupa por la cosa más pequeña. En esta vida me contento con estar casado con la mano izquierda, la fe es lo suficientemente humilde como para exigir la derecha; Y que es humildad, en efecto, algo que no niego ni negaré jamás.
Miedo y temblor: Lírica dialéctica

Johannes de Silentio
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