John Grisham

Un hambre voraz asaltó a Luther. Casi le flaquearon las rodillas y su rostro impasible se contrajo en una mueca. Desde hacía dos semanas, su olfato se había agudizado considerablemente, sin duda un efecto secundario de una dieta estricta. Quizás había percibido el aroma de la exquisita comida de Mabel, no estaba seguro, pero le entró un antojo irresistible. De repente, necesitaba comer algo. De repente, quiso arrebatarle la bolsa a Kendall, abrir un paquete y empezar a devorar un pastel de frutas.
– John Grisham –


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Un hambre voraz asaltó a Luther. Casi le flaquearon las rodillas y su rostro impasible se contrajo en una mueca. Desde hacía dos semanas, su olfato se había agudizado considerablemente, sin duda un efecto secundario de una dieta estricta. Quizás había percibido el aroma de la exquisita comida de Mabel, no estaba seguro, pero le entró un antojo irresistible. De repente, necesitaba comer algo. De repente, quiso arrebatarle la bolsa a Kendall, abrir un paquete y empezar a devorar un pastel de frutas.


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