
La división entre política y religión, me atrevo a decir, es una estratagema ideológica. Imaginen un detector de metales de seguridad aeroportuaria a la entrada de la plaza pública, que no detecta metales, sino religión. La máquina emite un pitido cada vez que alguien la atraviesa con un Dios sobrenatural con mayúscula oculto en una de sus convicciones, pero no detecta dioses con minúscula, ya sean creados por uno mismo o socialmente construidos. En esta plaza pública, el secularista, el materialista, el darwinista, el consumista, el elitista, el chovinista y, francamente, el fascista pueden entrar llevando consigo a sus dioses, como figuritas de madera talladas en sus bolsillos. No así los cristianos o los judíos. Su convicción de que el asesinato es incorrecto porque todas las personas están hechas a imagen de Dios bien podría ser una semiautomática. Lo que esto significa, por supuesto, es que la plaza pública está inevitablemente sesgada hacia el secularismo y el materialismo. El debate público está ideológicamente manipulado. El secularista puede traer a su dios. No puedo traer al mío porque su nombre empieza con mayúscula y yo no me lo inventé.
Iglesia política: La asamblea local como embajada del gobierno de Cristo.

Jonathan Leeman
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