
Era la época en la que de lo único que podíamos hablar era de frases, frases; nada más nos conmovía. Pasara lo que pasara en aquellos días, o lo que fuera que nos llamara la atención, Clea y yo no podíamos descansar hasta que se hubiera convertido en lo que nos decíamos a nosotras mismas que eran frases asombrosamente inéditas y encantadoras: «El escote de Esther es algo que merece ser notado» o «No se puede tener una prisión contemporánea sin muebles contemporáneos» o «Imagino un arte que hará que la crítica misma parezca un síntoma cognitivo, uno que quienes lo padecen definen para sí mismos como gusto, pero que en realidad no es nada de eso» o «Dije que quiero mis huevos revueltos, no destrozados». Ante la explosión de semejante secuencia de nuestros jóvenes labios verdes, la garabateábamos imprudentemente en la pared de nuestro apartamento con un lápiz de cera mugriento, o la escribíamos veinticinco veces en la misma hoja de papel y luego fotocopiábamos el papel veinticinco veces y luego cortábamos cada página en veinticinco rebanadas en la guillotina de la fotocopiadora y luego esparcíamos los seiscientos veinticinco trozos de papel resultantes por las calles de nuestra ciudad, fortunas sin galletas.

Jonathan Lethem
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