
Caminaba con pasos medidos, envuelta en telas a rayas y con flecos, pisando la tierra con orgullo, con un leve tintineo y destello de adornos bárbaros. Llevaba la cabeza alta; su cabello estaba peinado en forma de casco; tenía polainas de latón hasta la rodilla, guanteletes de alambre de latón hasta el codo, una mancha carmesí en su mejilla morena, innumerables collares de cuentas de vidrio en su cuello; cosas extrañas, amuletos, regalos de hechiceros, que colgaban a su alrededor, brillando y temblando a cada paso. Debía de llevar encima el valor de varios colmillos de elefante. Era salvaje y soberbia, de ojos salvajes y magnífica; había algo ominoso y majestuoso en su avance deliberado. Y en el silencio que había caído repentinamente sobre toda la tierra afligida, el inmenso desierto, el cuerpo colosal del pensativo, como si hubiera estado mirando la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.
El corazón de las tinieblas

José Conrad
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