
Y, de hecho, así es el comportamiento del especialista. En política, en arte, en costumbres sociales, en las demás ciencias, adoptará la actitud del hombre primitivo e ignorante; pero lo hará con vehemencia y autosuficiencia, y no admitirá —y aquí reside la paradoja— a especialistas en esas materias. Al especializarlo, la civilización lo ha vuelto hermético y autosuficiente dentro de sus limitaciones; pero este mismo sentimiento interno de dominio y valía lo impulsará a desear predominar fuera de su especialidad. El resultado es que, incluso en este caso —la especialización—, que representa la máxima cualificación del ser humano y, por lo tanto, lo más opuesto al hombre común, se comportará en casi todos los ámbitos de la vida como el hombre común, el no cualificado.
La revuelta de las masas

José Ortega y Gasset
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