
Admito que me daban ganas de gritar, pues estar en lo alto de un andamio frente a un buen mural nuevo siempre se me sube a la cabeza. Es una sensación a medio camino entre la de un ángel liberado de su jaula hacia un cielo nuevo y la de un borracho suelto en una bodega real. Y, después de todo, ¿qué elevación más noble podrías encontrar en este mundo que el andamio de un pintor de murales? Ningún almirante en el puente de un nuevo acorazado diseñado por la vieja armada podría sentirse más satisfecho consigo mismo que Gulley, sobre dos tablones, a doce metros sobre el nivel del suelo, con su mesa de paleta a su lado, su pincel en la mano y la corriente de aire le subía los pantalones; listo para la acción.
La boca del caballo

Joyce Cary
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