
Percibí o pensé en la Luz de Dios y en ella suspendía una pequeña partícula (o millones de partículas, a una sola de las cuales mi mente se dirigía), que brillaba blanca gracias al rayo individual de la Luz que la sostenía e iluminaba… Y el rayo era el Ángel Guardián de la partícula: no algo interpuesto entre Dios y la criatura, sino la atención misma de Dios, personalizada… Este es un paralelismo finito con el Infinito. Así como el amor del Padre y del Hijo (que son infinitos e iguales) es una Persona, así también el amor y la atención de la Luz hacia la Partícula es una persona (que está tanto con nosotros como en el Cielo): finita pero divina, es decir, angélica.
Las cartas de JRR Tolkien

JRR Tolkien
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