
Los hombres, desanimados por no lograr exactamente lo que desean, suelen decir que sus vidas carecen de propósito, pero es una vana reflexión, pues, en realidad, ninguna vida inteligente que se ocupe con ahínco y de forma adecuada de lo que la rodea puede considerarse carente de propósito. Tal vida se adhiere, automáticamente, a la ley de la progresión y, por lo tanto, avanza hacia un gran destino de poder supremo y las alegrías que lo acompañan. La única vida sin propósito es aquella que no utiliza sus facultades. Poco importa qué tareas realicen los hombres en la vida, siempre que las hagan bien y con toda su fuerza. En el plan eterno, se les otorga un valor progresivo. En un universo infinito, es imposible aprenderlo todo o hacerlo todo a la vez. Hay que empezar por algún lado y, poco a poco, todo se conocerá y se conquistará. Al final, todo debe explorarse, y si se empieza por el este o por el oeste no tiene mayor importancia. Lo fundamental es hasta qué punto un hombre se entrega, en cuerpo y alma, a su valioso trabajo. De ello dependerá el crecimiento.
Teología racional

Juan A. Widtsoe
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