
Aunque Dios ha prometido hacer todo lo que su pueblo le pida, no les concede una libertad ilimitada para pedir lo que se les ocurra; sino que, al mismo tiempo, les ha prescrito una ley según la cual deben orar. Y sin duda, nada nos beneficia más que esta restricción; pues si a cada uno de nosotros se le permitiera pedir lo que quisiera, y si Dios nos complaciera en nuestros deseos, nos perjudicaría enormemente. Porque no sabemos qué es conveniente; es más, nos desbordamos en deseos corruptos y dañinos. Pero Dios nos provee un doble remedio, para que no oremos de otra manera que no sea conforme a su voluntad; pues nos enseña con su palabra lo que quiere que pidamos, y también ha puesto sobre nosotros a su Espíritu como guía y gobernante, para refrenar nuestros sentimientos, para que no se desvíen de los límites debidos. Porque no sabemos qué ni cómo orar, dice Pablo, pero el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad y suscita en nosotros gemidos inefables. (Romanos 8:26.) También debemos pedirle a la boca del Señor que dirija y guíe nuestras oraciones; porque Dios en sus promesas nos ha fijado, como se ha dicho, la manera correcta de orar.
Comentarios sobre las Epístolas Católicas

Juan Calvino
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