
No creamos que un ayuno externo, absteniéndose solo de alimentos visibles, pueda ser suficiente para la perfección del corazón y la pureza del cuerpo, a menos que se combine con un ayuno del alma. Pues el alma también tiene sus propios alimentos dañinos. La calumnia es uno de ellos, y de hecho, uno muy apreciado. Un arrebato de ira también le proporciona un alimento miserable durante un tiempo y, a la vez, la destruye con su sabor mortal. La envidia es alimento de la mente, que la corrompe con sus jugos venenosos y la hace miserable y desdichada ante la prosperidad y el éxito ajenos. La vanidad es otro alimento que complace a la mente con un manjar delicioso por un tiempo, pero después la despoja de toda virtud. Entonces, la vanidad la deja estéril y desprovista de todo fruto espiritual. Toda lujuria y vagabundeo del corazón son una especie de alimento para el alma, que la nutre con carnes dañinas, pero después la deja sin su pan celestial y alimento verdaderamente sólido. Si, pues, con todas las facultades que poseemos, nos abstenemos de estas cosas en un ayuno santísimo, nuestra observancia del ayuno corporal será útil y provechosa.
Hacer de la vida una oración: Escritos selectos

Juan Casiano
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