
Siempre existe el riesgo: algo va bien, bien, bien, bien, y de repente se vuelve incómodo. De repente, ella te ve mirándola y ya no quiere bromear contigo, porque no quiere parecer coqueta, porque no quiere que pienses que le gustas. Es un desastre cuando, en el transcurso de las relaciones humanas, alguien empieza a derribar la barrera que separa la amistad de los besos. Derribar esa barrera es el tipo de historia que podría tener un final feliz: «Oh, mira, hemos derribado esta barrera, te voy a mirar como a una chica y tú me vas a mirar como a un chico y vamos a jugar a un juego divertido llamado «¿Puedo poner mi mano ahí? ¿Y ahí? ¿Y ahí?»». Y a veces ese final feliz parece tan bueno que te convences de que no es el final, sino que durará para siempre.
Que nieve: Tres romances navideños

Juan Verde
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