
Ian vio las lágrimas brillar en sus magníficos ojos y una de ellas recorrió inadvertidamente su suave mejilla. Con un dolor crudo en su voz dijo: «Si dieras un paso adelante, cariño, podrías llorar en mis brazos. Y mientras lo haces, te diré cuánto lo siento por todo lo que he hecho…» Incapaz de esperar, Ian la alcanzó, atrayéndola con fuerza hacia él. «Y cuando termine», susurró con voz ronca mientras ella lo envolvía con sus brazos y lloraba desconsoladamente, «puedes ayudarme a encontrar la manera de perdonarme a mí mismo». Atormentado por sus lágrimas, la abrazó con más fuerza y frotó su mandíbula contra su sien, su voz un susurro desgarrador: «Lo siento», le dijo. Le tomó el rostro entre las palmas de las manos, lo levantó y la miró a los ojos, sus pulgares moviéndose sobre sus mejillas húmedas. «Lo siento». Lentamente, inclinó la cabeza, cubriendo su boca con la suya. «Lo siento muchísimo».
Casi el cielo

Judith McNaught
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