
Pero allí estaba ella, de pie junto a su madre, tan hermosa, tan radiante que no podía ver a nadie más. De repente, el resto del mundo le pareció una carga. No quería estar allí, en ese baile, con gente con la que no quería hablar y mensajes que no deseaba transmitir. No quería bailar con señoritas que no conocía, ni entablar conversaciones educadas con la gente que sí conocía. Solo quería a Billie, y la quería solo para él. Se olvidó de Tallywhite. Se olvidó de los guisantes, las gachas y el pudín, y cruzó la sala con tal determinación que la multitud pareció desvanecerse a su paso. Y, sorprendentemente, el resto del mundo aún no la había notado. Era tan hermosa, tan extraordinariamente viva y real en esa sala llena de muñecas de cera. No pasaría desapercibida por mucho tiempo. Pero aún no. Pronto tendría que luchar contra la multitud de jóvenes caballeros ansiosos, pero por ahora, ella seguía siendo solo suya.
Por culpa de la señorita Bridgerton

Julia Quinn
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