
Entonces soñó que estaba en la puerta abierta de un avión a varios miles de pies sobre la tierra y que tenía que saltar con un bebé en brazos. Era su bebé. Saltó, tiró de la cuerda del paracaídas, pero no se abrió. El mecanismo de emergencia no funcionó. Caía a gran velocidad. El viento lo azotaba con furia. Apretaba al bebé con todas sus fuerzas, pero el viento le apretaba bajo los brazos, le tensaba los músculos, y de repente el bebé se soltó, cayendo a su lado, justo fuera de su alcance. Se agitaba y tanteaba en el aire, intentando alcanzarlo. El bebé caía un poco más rápido que él. Estaba debajo, alejándose mientras él caía tras él. La tierra le gritaba. Sabía que el bebé iba a golpear primero y que lo vería, lo sabría por una fracción de segundo antes de que él mismo se convirtiera en pulpa. El terrible milisegundo de dolor lo invadió y se despertó gritando. No podía sacarse el sueño de la cabeza. Rezó para volver a tener el sueño, pero que esta vez cayera más rápido y se le permitiera morir primero.
Amor geek

Katherine Dunn
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