
Hace unas semanas tuve un sueño. Soñé que estaba de vuelta en casa, en la habitación roja, leyendo mi libro de texto de microeconomía. Maddy jugaba afuera con Hope, y Agnes preparaba la cena. Era como en los viejos tiempos. Estaba eufórica. Siempre supe que no estaban muertas. Todo había sido un terrible error. Maddy se unió a mí en la biblioteca. Curiosamente, no olía a nada. Ni a su habitual crème brûlée, ni a manzanas verdes, ni a caramelos. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba muerta, aunque no sabía que estaba soñando. Se disculpó por todo y luego procedió a explicar por qué las cosas habían terminado así. Su historia tenía todo el sentido del mundo. Era lo que necesitaba oír. Por fin tenía una respuesta. Por fin podía dejarlo ir. Y entonces desapareció. Cuando desperté, empapada en sudor, no podía recordar nada de lo que Maddy había dicho.
Pequeños y viciosos tesoros

Katherine Easer
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