
Contemplar la plenitud de la belleza en la naturaleza nos libera de nuestro ensimismamiento y nos hace comprender que somos meros peones en el juego de la vida. Presenciar la majestuosidad de la belleza confirma que el verdadero espectáculo reside fuera de nosotros, para ser observado y apreciado, y no dentro de nosotros para cautivarnos. La verdadera belleza nos seduce, permitiéndonos apreciar la grandeza de la bondad que nos rodea, y al hacerlo, el esplendor prístino de la naturaleza nos libera de la pobreza de nuestra autoidealización. El hechizo que ejerce la exquisitez de la naturaleza eleva nuestras almas y transforma nuestra psique. Cuando vemos, oímos, saboreamos, olemos o tocamos lo bello, no podemos reprimir el impulso de reproducir su asombrosa textura cantando, bailando, pintando o escribiendo. Abrir nuestros ojos a la belleza de una sola flor es la manera de mantenernos conectados con el glorioso espectáculo de la vida.
Pergaminos del Sapo Muerto

Kilroy J. Oldster
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